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08-05-2007 | ESPECIALES SOMOS VOLEY
Buenos Aires-Neuquén: Un viaje de placer

De Rose, Falabella y Candal presentes en el Ruca Che

LA IDA, ATRAPADOS POR LOS ´80
En primera instancia decidí armar mi propio BLOG. Sí, así como lo escuchan. Cuestión de ego, supongo, porque sería mi propio BLOG. Y eso de propio suena interesante. Y en segunda, decidí también averiguar en detalle de qué se trata eso del BLOG, porque no tengo ni la menor idea. Esa imperiosa necesidad innecesaria me asaltó. Esas dos decisiones de vida me tomaron de rehén en la madrugada del domingo, tipo 3.30 horas. Supongo que serán pensamientos habituales cuando uno cabecea con violencia la ventana de un micro en ese horario y entra en plena etapa de desvelo nocturno, con frío, con jean de tiro corto que aprisiona y zapatillas con cordones muy ajustados, en medio de ese frío calor insoportable de los micros de larga distancia (¿Para cuándo un regulador de temperatura?).

“Reflexiones sobre la nada”, podría titularse este espacio anárquico, este viaje que arrancó a las 7 de la tarde del sábado, cuando en el Ferrocarril San Martín, pasé a metros del club Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque, allí donde Bolívar comenzó a construir este record temible. Justo 24 horas antes del partido que lo consagraría campeón, camino a Retiro para tomar el “Autobús del infierno”.

Primero el hambre. Si subís a un micro a las 20:30, lo mínimo que esperás es la cena. Y yo la esperaba. Llegó, 10 minutos después de la parada de Liniers, cuando estuve a punto de cometer el pecado que hubiese sido el más doloroso: “Maestro ¿Cuánto está el sánguche?”, le pregunté al oportunista vendedor que recorría los pasillo. Ya entré en pánico cuando los dos compañeros -desconocidos- de viaje de adelante desembolsaron 37 pesos por algunas vituallas. “Seis con cincuenta de Jamón y Queso”, disparó sin que se le moviera un músculo de la cara. “Dame un Sprite”, corté para salir del paso y no insultarlo por oportunista (Oferta y demanda, que le dicen), mientras me preguntaba “¿Y Arjona a qué hora toca?”, porque un par de plateas para el costarricense era lo mínimo que podía venir con un sánguche de jamón y queso a “seis con cincuenta”.

Arrancamos y, diez minutos después, llegó la cena. Pánico al principio. Dos galletitas, un pan, una hoja de lechuga y un canto rodado pequeño de arroz con algo. “Una vergüenza”, bramé con deber cívico, para que sólo me escuche Hernán Falabella, mi compañero de ruta, y de tantas rutas, que a esa altura ya se había dado cuenta que la edad y la necesidad de estar con Juana y Laura en casa, ya hicieron de mi un ser insoportable. “Ahora viene la cena, en este agujero”, me tranquilizó Falito. Y tenía razón, una pata de pollo (Seguro la de Twity de tan pequeña) unas papas a la “Van Dame” (únicamente con una patada en el pecho del actor podrían bajar por el esófago, de tan secas que estaban), y un par de vasos de cocas, re jugados.

Me dormí amargado, porque la película que estrenaron era un bodrio que ya había visto (“El Guardián”, con Kevin Costner). Y entonces, el cabezazo. Todo es insoportable a las 3.30 de la mañana, en un micro que hace ruidos y no mide temperaturas, con tu compañero babeando en el quinto sueño y nada para hacer. Agenda en mano, comencé a anotar ideas brillantes (el BLOG es la mejor de todas). En un momento, se me ocurrió hacer una foto del festejo, si Bolívar era campeón, con los jugadores festejando y con el título “Bailando por un sueño”. Un tarado. Un tarado previsible, además.

IMPACTANTE: Postal neuquina desde la ventana del micro

“¿Quién ganará gran Hermano?”, pensé. Pero no me acordaba los nombres de los “los valientes”. “Crónicas del vacio”, soñé en titular esta nota que ahora leen. Ojo, cuando yo vuelo, vuelo altísimo, no tengo límites, pura poesía soy. ¿Mi compañero de ruta? Como Homero en el trabajo, desfallecido. ¿O acaso leyeron un mísero apunte de Diario de Viaje? “Salimos 20.30, comimos, dormí, y llegamos a Neuquén. ¡¡¡Qué frío Darío!!!”. Así sería, con algo de poesía agregada, su nota color. Agenda en mano, apunté: “No viajar con jean tiro corto”, “traer almohada”, “comer antes”, “mirar sólo películas buenas, las malas las pasan en los micros”. Autoayuda.

“¿Qué será de la vida de Fabián Bajo, de Fabio Bonfin, de “Popi” Periotto, de Queijinho? Qué buena sección, pensé”. Qué obvio, pensarán ustedes. Admito. Pero eso logró dormirme luego de la maldita madrugada. ¿Felicidad hasta Neuquén? Nada de eso.

CONDENA EN DO MENOR
“Un día sin tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, eeeeeeeeeeees una eteeeeeeeeeeeeeeeeeerniiiidaaaaaaaaadddd”. Ese aullido insoportable, agudo, en descontrolado volumen, me despertó 7.15 de la mañana. Luces prendidas, desubicación total. Imaginen ustedes, al dúo sueco Roxette (Per Gessle y Gun-Marie Fredriksson), cantando en castellano la versión de “Spending my time”, y usted recién despierto, malhumorado y sin desayuno. Crisis. Principio de la crisis. Porque después se encadenó la siguiente programación musical en sonido e imágenes patéticas: Una chica llorando a su novio, que murió en un accidente, cantaba su pena en sensual ropa interior que no dejaba pensar en su dolor. Bizarro, aunque el “Negro” parecía un fenómeno, cocinaba, pintaba, era dulce, hacía esculturas en hielo… pero nadaba para atrás, no metía la cabeza en el agua, y esa imagen era demasiado graciosa. La chica cerró el patetismo abrazada a una estatua de hielo. Aplausos.

Luego, “Cause I am your laaaaaaaaady, And you are my maaaaaaaaan, Whenever you reach for me, I'll do all that I can”, cantó Celine Dion con pésimos ropajes ochentosos, maquillada tipo Kiss y con más condimentos para el Show Bizarro. Pegado, sin anestesia, Lionel Richie, ochentísimo, cantaba “Hello” a una chica ciega a la que enamoró tanto que, al final del video, le hizo otra escultura, imagino que en arcilla, tan igual a Lionel, con su pera prominente y su importante cara de beso eterno, y hasta sus rulos afro, que te mataba de la risa. “Vientos de cambio” de Scorpions, cerró el recital indignante por el horario, por el volumen y por mi falta de reflejos para pedir que lo bajaran. No me daban los jugadores, todavía.

Desde entonces arrancó una odisea insoportable que incluyó seis paradas, frío, seis horas más y muuuuucho aburrimiento. Por suerte despertó mi compañero, que me hizo escuchar la discografía de su banda “Dimitri”, de buen futuro. Pero estaba claro que no había mucho para hacer.

LA LLEGADA
El arribo a Neuquén fue discreto, anónimo claro. ¿Quién nos conoce, no? Almuerzo desubicado… el mío. La carencia en el viaje explotó en un aluvión gastronómico de milanesa, papas fritas y… tres huevos fritos. ¿Para qué?

ON LINE: SV subiendo punto a puntos las novedades a pesar del insomnio

El partido fue impactante. El show (de lo mejor que he visto), el estadio (también), la organización, la música, el locutor, el juego, las tribunas, la zona de prensa, la tensión. Todo perfecto. Pero un problema. El boleto de vuelta decía que nuestro móvil de retorno salía a las 22:50 de esa noche dominguera. Mientras tanto (gracias a un inoportuno atraso de una hora en el inicio del partido), eran las 21:30 y todo seguía. Había que escribir el comentario, subir las fotos (Primero bajarlas y hacerles el tratamiento de costumbre con el photoshop), subir una entrevista con Weber, hacer el color, los números, las voces, una nota histórica, poner las homes, todo. María Eugenia Candal, Hernán Falabella y quien les habla estábamos a pleno. Pero no teníamos tiempo para todo. Mientras tanto, el tercer huevo que había comido -producto de un robo al plato de mi compañera Eugenia-, mandaba señales inequívocas de futuras complicaciones.

Dolor de cabeza, falta de tiempo, exceso de comida, festejos locos, el patíbulo cerca. Mezcla poderosa. Sin embargo, terminamos todo. Cometimos algunos errores que, nos prometimos, corregiríamos en la Terminal. Pero eran las 22:25 y no habíamos salido del Estadio. “Tranquilos, está a diez cuadras”, nos habían dicho. Mentira. Guardamos todos los aparejos de tremenda cobertura, que incluyó computadoras, mp3, cámara de fotos, grabadores, anotadores, cables, y mi birome de la suerte, y salimos intrépidos rumbo a nuestro micro de vuelta. Alcanzamos a ver toda la fiesta dentro del estadio.

YO NO FUI: Falabella y De Rose acusados de un crimen que no cometieron

“PATRULLA PERIODÍSTICA”
Una vez en la calle el tiempo escaseaba. El Ruca Che se emplaza en una zona alejada del centro, a unas 15 cuadras -de esas largas- de la Terminal. Cuando salimos, una luz de taxi se esfumaba por la esquina, y con ella, la última ilusión de viajar en auto rumbo a casa. Pero cuando hay hambre no hay pan duro. Aquella sirena guardiana se convirtió en la última esperanza para llegar al micro. “Oficial, somos periodistas de Buenos Aires y necesitamos llegar 22.50 a la Terminal, son las 22.40 y no tenemos tiempo ¿Nos podrían llevar por favor?”. Se miraron, uno le preguntó al otro qué hacía, y comenzaron a vaciar el asiento trasero. Todos arriba. Bolsos, tres personas, ganas de llegar. Todos. A los cuetes fuimos, por calles de tierra. Parecíamos el programa “Policías en Acción” pero desde adentro. Somos tan vivos que además nos sacamos una foto (adjunta) y llegamos cinco minutos antes de la salida.

“Yo me voy a un cyber”, escupió el obsesivo Falabella, con cinco minutos de tiempo, como si fuese un período vacacional. Ahí arregló detalles, yo compré un Sertal para la panza, Eugenia una bebida, y luego reemplacé a Falito en la computadora para finalizar otras cosas. Todo en cinco minutos. “Vayan al micro y llamame cuando salgan”, le dije mi compañero, intrépido como pocos. Ni bien llegó, me llamó… “Venite porque nos vamos. Les dije que estabas en el baño descompuesto”, me advirtió. Y fue una de esas veces que no mintió, pero queriendo mentir. Cerré todo, corrí cual gacela, entregué mi pasaje, ante caras malhumoradas… “No daba más señor”, mentí con cara de retorcijones, ante el asistente bulldog del choffer. Entré con todo, tropezando claro, con ruido estruendoso y pocos amigos dentro.

Y allí la vuelta. Todo perfecto, delicioso, ameno, con buenas películas. Una empezada, de Steven Seagal, con final tremendo, una sonrisa congelada del rompebrazos que le regaló un caballo a su hija secuestrada (la tiene que cuidar más porque se la raptan en todas las películas). Después, “16 Calles”, espectacular. Y al final, lo mejor… “A esta hora no hay conflictos en la entrada a Capital, vamos a llegar rápido”, anticipó el asistente de a Bordo tipo 12-15 horas, tan amable como siempre. Fue en General Paz y Panamericana, un segundo antes de que una catarata de autos saliera desde todos los rincones para ponerse delante de nuestra unidad. De ahí, a Retiro, casi una hora más. Pero bueno, las mejores intenciones del muchacho, que le puso el moño a un viajecito de lo más pintoresco.

Hasta la próxima .

Martín de Rose
martinderose@somosvoley.com

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