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Bolívar nunca se conforma, siempre apunta a estar lo más cerca de la perfección posible |
Buscarle virtudes a este equipo bicampeón de Bolívar no es una tarea difícil. Potencia en ataque, presión desde el saque, agresividad en bloqueo, y más aspectos técnicos y tácticos que pueden marcar diferencias en más de una ocasión. Pero, mirando de cerca, hay algo que tiene este grupo que no se consigue, que no se desarrolla con horas y horas de entrenamiento: tiene hambre de gloria.
Se nota en los festejos después de cada punto y de cada partido. En los jugadores y en el banco. Pero para retratarlo, quizás no hay nada mejor que una anécdota. Cuentan algunos presentes en los primeros partidos entre Bolívar y Chubut, en el República de Venezuela, que allí estuvieron los hijos de Javier Weber, presenciando las victorias. Luego de la acción, alguien le propuso al entrenador, en modo de broma -aunque con algún grado de veracidad-, que perdiera un juego para así demorar la definición de la llave a un quinto partido, que se llevaría a cabo en Bolívar. Así, los festejos serían completos e incluso sus hijos podrían estar presentes.
Y los mismos testigos concluyen el relato describiendo la fría mirada que Weber le lanzó a su interlocutor, acompañada de ninguna palabra, y la posterior media vuelta del ex armador de la Selección.
Seguramente habrá más reflejos, pero lo cierto es que Bolívar es un campeón, con hambre de campeón. Que no se conforma con ya haber ganado, sino que siempre busca más. ¿Tendrá lo necesario para ser el mejor equipo de la historia del voleibol argentino?
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